EL ALPINISTA

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua, inicio su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria para él solo, por lo tanto, subió sin compañeros.

Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo decidido a llegar a la cima, y oscureció. La noche cayo con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a sólo 100 metros de la cima, se resbalo y se desplomo por los aires… caía a una velocidad vertiginosa. Sólo podía ver veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.

Seguía cayendo… y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida, él pensaba que iba a morir, sin embargo, de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos. Sí, como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.

En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedo más que gritar:

– ¡Ayúdame Dios mío!

De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contesto:

– ¿QUE QUIERES QUE HAGA?

– Sálvame Dios mío, decía él.

– ¿REALMENTE CREES QUE TE PUEDA SALVAR?

A lo que el Alpinista respondía:

– Por supuesto, Señor.

– ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE.

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó…

Cuenta el equipo de rescate que el otro día encontraron colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza con las manos a una cuerda… ¡a tan sólo dos metros del suelo!

Aquel alpinista se aferró a la cuerda porque en ella se sentía seguro, lo que no esperaba es que esa cuerda que le traía seguridad lo llevaría a la muerte, todo hubiera sido diferente si aquel hombre se hubiera soltado de la cuerda y se hubiera aferrado a Dios.

2 Reyes 18:1-7 En el tercer año de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías hijo de Acaz rey de Judá.Cuando comenzó a reinar era de veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. El nombre de su madre fue Abi hija de Zacarías. Hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre. El quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán.En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá. Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés. Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. Él se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió.

Debemos pensar en la importancia de aferrarnos a Dios siempre. En el pasaje bíblico, se habla del rey Ezequías como un rey justo, exitoso y próspero, pero lo más importante es que estaba aferrado a Dios. Y ese fue el secreto para desatar el poder espiritual en su vida. Siguió a Dios más de cerca y con mayor sinceridad que cualquier otro rey de Judá o Israel, uso su fe en la fuerza de Dios y no en la suya propia, y obedeció los mandamientos de Dios a pesar de los obstáculos y peligros que, desde un punto de vista puramente humano, parecían insuperables. El aferrarse a Dios puede parecer simple, pero no lo es, pues los seres humanos tenemos la tendencia a ser independientes. Cuando nos sentimos cómodos espiritualmente, comenzamos a depender de nosotros mismos y nos soltamos de la mano de Dios. Aprendamos del rey Ezequías, no se aferró a ninguna otra cosa que no fuera Dios, tuvo una relación personal y creciente con ÉL y desarrolló una poderosa vida de oración. Hoy tomemos la decisión de hacer ajustes a nuestra vida, ¿qué necesitamos reformar?, empecemos por dejar todo aquello que nos impide estar cada día con el Señor, quitemos los ídolos de nuestro corazón saquemos todo aquello de nuestras vidas a lo que nos aferramos y tengamos una íntima comunión con Dios y una vida activa de oración. Ahora si podemos entender las palabras de Jesús “separados de mi nada podéis hacer”.

¿Y tú? ¿Qué tan confiado estás de tu cuerda? ¿Por qué no la sueltas?